El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Iris, ¡cuánto te he echado en falta, cuánto!

IRIS, ¡CUÁNTO TE HE ECHADO EN FALTA, CUÁNTO!

Dilecta Iris:

Como te consta que carezco de ordenador y no tengo acceso a Internet, durante los más de tres meses que ha durado el duro confinamiento, he llegado a escribir, de un centenar largo de maneras posibles, pero no he guardado todos los borradores, que te he echado mucho, muchísimo, de menos. Bueno, pues juzgo que ninguna de ellas ha sido capaz de acercarse (servidor, como cada/todo quisque, también tiene sus limitaciones), ni de lejos, a la realidad vivida. Así que, ¡mira si te he extrañado, si te he echado en falta!

Está claro, cristalino, que, si hubiera tenido tu número de teléfono de casa (en el caso de que lo tengas) o de móvil, hubiera contravenido alguna vez, seguramente, lo reconozco, el acuerdo (en el supuesto de que lo hubiéramos redactado y firmado o sellado al alimón) de no llamarte, pero, como no los tenía, me he ahorrado el trámite vergonzoso de tener que caer en la concreta tentación mentada. Ya sabes qué sentenció Oscar Wilde al respecto, que “la única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y solo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados”, pero que a mí, usando otras palabras más guasonas, me empujaron a versionar de esta otra guisa: La única manera de vencer una tentación es tirarse de cabeza a la piscina, repleta de agua, desde el trampolín más alto, donde reina ella, por la sencilla razón de que es el motor que mejor funciona (de ahí su reinado) dentro de la maquinaria o el entramado del proceder humano.

Iris, te pondré un ejemplo, solo uno (aunque vale por diez o más), para que te hagas una idea aproximada de cuánto te he añorado. Cuando estaba esperando que me llegara o tocara el turno en el supermercado para pagar la compra que había colocado en el carrito, he creído reconocer, en una de las otras filas formadas en la línea de cajas, los bellos rasgos de tu rostro más de diez veces, detrás de las mascarillas que portaban otras tantas féminas (puede que alguna repitiera). ¡Cuánto he añorado nuestros saludos, nuestras expresivas, relevantes y reveladoras miradas, nuestras charlas (las zumbonas tanto o más que las serias)! ¡Cuánto (tantísimo que han llegado incluso a hacerme daño) los abrazos sanadores que, por el roce, gracias al trato, aprendimos a darnos!

Me ha hecho mucho bien pensar en ti, amada musa tinerfeña, Iris; me ha divertido, me ha sacado una sonrisa, tras otra, tras otra…

Ahora, para dar oportuno remate a esta epístola, me apetece contarte (a ver si lo hago con una pizca de arte, al menos) algo que me ha ocurrido en más de una, de dos y de tres ocasiones. Recordarás que, cuando nos conocimos, servidor había empezado a releer “La Regenta”, de “Clarín”. Bueno, pues, cuando te recordé de memoria los dos primeros párrafos que me aprendí la primera vez que pasé mi vista por ella, cada vez que “el aire envuelve en sus pliegues invisibles” algo, por una razón o por otra, tú vas con ese algo (¿un lago galo?) de la mano, como si fueras su pareja en el baile (¿de máscaras?).

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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