El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Cómo se pasa del infierno al cielo

CÓMO SE PASA DEL INFIERNO AL CIELO

LA TARDE EN QUE LOS OJOS PUSE EN IRIS

CUANDO AMANDA COLMÓ MI EXPECTATIVA

Ayer aprendí que el hombre, el ser humano, baila su danza, o sea, vive, en el filo de una navaja, y que en un instante puede pasar de ser una persona santa a una canalla, despreciable, o viceversa. Esa enseñanza o lección, vedada, en principio, a los entes más capaces, inteligentes y sabios de la sociedad, la adquirí yo, inopinadamente, al albur, como por casualidad, solo por estar atento a cuanto veía que ocurría y oía que se hablaba a mi alrededor.

Lo que vi y oí ayer me abochornó, pero mucho, y, además, cursó de una inesperada e inusitada manera. Aquello que no me avergonzó hizo que me sonrojara. De cuanto viví y fui testigo directo, el primer día que acompañaba a mi padre al bufete, me empujó a confirmarme o ratificarme en mi parecer de que este mundo nuestro es inmundo, de que el orbe, aunque a alguien esta evidencia le estorbe, por obra y gracia de quienes en él obramos, lo mires por donde lo mires, del derecho o del revés, está podrido. Se parece por el haz a un albañal y por el envés a una sentina. Así, tal cual.

La realidad pura y dura, amén de desaladora, es desoladora. Allí donde ponga el foco, si, a renglón seguido, pongo la lupa, a poco que escudriñe, constataré lo obvio, que todo está contaminado o por la fealdad, o por la injusticia, o por la mentira, por dos de las tres o por las tres. La tríada excelente de la belleza, la equidad y la verdad, brilla/n, sí, pero irónicamente, por su ausencia.

Ayer, a última hora de la tarde, vi cómo entraban por la puerta del bufete de mi padre tres personas, pero solo tuve ojos para Iris, la más joven, a quien rebauticé con el apodo de Amanda, nombre y voz que, en latín, significa “la que debe ser amada” (y a ese afán o menester me dediqué y dedico en cuerpo y alma desde entonces). Si en el primer segundo, nada más verla, en mí nacieron el placer, el triunfo, la alegría, la esperanza, la inspiración y la pasión, en el segundo segundo, quizá por miedo a perderla, me brotaron sus contrarios. Si en el tercer segundo volvieron a surgir (¿de sus cenizas?) las primeras emociones y sensaciones, y la euforia lo rodeó todo, en el cuarto segundo retornaron e/o hicieron acto de presencia las no mentadas segundas, sus opuestas, y la depre lo abarcó todo. Sentí cómo el amor arropaba mi desnudez con sus abrigados brazos y, al segundo siguiente, cómo la desesperación, ante el posible rechazo, me dejaba en cueros, a la intemperie.

Amanda era el prototipo de mujer que yo había ido conformando, paulatinamente, en mis sueños, con las virtudes y los dones de las féminas de las que me había enamorado y había amado, las hubiera conocido, tratado y tenido entre mis brazos o no.

Amanda era la mejor mujer del mundo, la que poblaba mis ensueños y los hacía realidad. A menudo, la comparaba con la estatua de Galatea que había sido esculpida (no escupida, como había escrito al principio, qué yerro más vulgar) por Pigmalión y, según el mito clásico, se enamoró de ella, y Dios, Naturaleza o el azar, uno, dos, o los tres, de mancomún, ¿quién lo sabe a ciencia cierta, quién?, ¡nadie!, le concedió al artífice y artista la gracia de que el mármol de Carrara (o el marfil) deviniera en carne, huesos y piel humanos.

Puede que, considerados individualmente, cada uno de los rasgos de su cara, tan cara, esto es, apreciada y querida, para mí, fueran inferiores a los de otras mujeres, puede, pero sumados, conjuntados, formando un todo, no hubo, ni hay, ni acaso haya jamás en el futuro, otro que supere en venustidad su rostro.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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