El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Oye, de mito el anagrama es timo

OYE, DE MITO EL ANAGRAMA ES TIMO

Ayer, acompañado por mi sombra, sobrina y enfermera, Sara, fui al teatro Gaztambide, de Tudela. Habíamos aceptado complacidos, de buen grado, la invitación que nos habían hecho, al alimón, mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, y su segunda esposa, Rita (lamentablemente, Regina, su primera cónyuge, finó sus días trágicamente, tras sufrir un aparatoso y, de resultas de él, fatal accidente de tráfico). Sobre las tablas del citado teatro no vimos una representación al uso, pues, en sentido estricto, nada se representó. Sobre dicho escenario, siete féminas, siete, vestidas con impolutas túnicas blancas, transparentes, desde que empezaron hasta que terminaron de darles a sus respectivas muis, no dejaron de contar historias ajenas, sucesos ocurridos a otras personas, no a ellas, las presentes.

Nada más levantarse el telón, las siete jóvenes féminas ya habían formado un corro o círculo, alrededor de un fanal o farol (que acaso quisiera aparentar o semejar un clásico fuego de acampada y cada lengua de dicho fuego incitara o diera cuerda a cada una de las sendas sin hueso de las siete narradoras), que iluminaba sus rostros. La que abrió el hilo del relato (que fue pasando de una a otra como el testigo de una prueba atlética por equipos, colectiva), al que fueron sumándose sucesivos hilos a la urdimbre, a la trama, según deduje de sus palabras, vino a reconocer que las siete eran hermanas y que echaban de menos a las que, precisamente, se habían encargado de convocarlas y reunirlas, y ellas brillaban por su ausencia en la casa que era de las dos ausentes, donde ambas residían. Ninguna aventuró cuál podría ser la causa, motivo o razón de su falta. Ahora veo clara esta posibilidad, que se hallaran entre bambalinas o bastidores.

Por cómo se llamaban unas a otras, entre sí, colegí que eran siete de las nueve hijas de Zeus y Mnemosina, las musas. Y las dos helicónides que faltaban, eso inferí, eran, exactamente, Talía y Melpómene, las inspiradoras y protectoras de la comedia y de la tragedia, respectivamente.

Al menos, nosotros cuatro, las dos parejas, no solo yo, salimos del Gaztambide alucinados, asombrados, epatados. Y llegamos, sin mayores discrepancias, a acordar, de mancomún, que habíamos disfrutado un montón del espectáculo cero, nulo, simplemente escuchando historias, a las que, más tarde, en casa, con el pijama puesto, tumbado en la cama, mientras Sara roncaba en la habitación aneja, empecé a extraerle a cuanto había escuchado con atención todo el jugo, a exprimir cuanto no había logrado sacar estando sentado en la butaca, conforme se sucedían en el relato de los hechos las siete narradoras y nosotros, meros oyentes, las escuchábamos atónitos, pasmados.

A pesar de (o debido a) que Sara no dejaba de serrar un tronco tras otro, logré entender por qué se llamaban idóneas, porque dicho adjetivo calificativo era y es el anagrama de “aónides”, sinónimo de musas. Cada cuento era una tesela y el conjunto conformado con ellas un mosaico, que era normal que llevara idéntico título al de la obra: “Hoy es de mito el anagrama timo”.

Ahora entiendo sus constantes referencias al Parnaso y al Helicón, lugar de donde viene y a donde se va a buscar el estro, la inspiración poética, el numen; y a la fuente Hipocrene, que se hallaba allí, y que brotó de una coz que dio Pegaso en el suelo para impulsarse y subir al Olimpo. Pegaso fue el caballo alado que devino la sangre derramada por Medusa, cuando esta fue decapitada por Perseo. Belerofonte, a lomos de Pegaso, consiguió matar a Quimera (monstruo que tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón), pero dicho jinete fue fulminado por Zeus, cuando aquel quiso ascender, qué incauto, al Olimpo.

Cuando desperté y llamé a Sara, esta, que había dormido a pierna suelta, según me confesó, había preparado el desayuno para ambos y me esperaba en la cocina para despacharlo juntos en la mesa de madera.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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