El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿El gesto agradeció Borges con rosas?

¿EL GESTO AGRADECIÓ BORGES CON ROSAS?

Si no estoy equivocado, que puede (“errare humanum est, sed perseverare diabolicum”, o sea, “errar es humano, pero perseverar, en el yerro, se sobreentiende, es diabólico”), la primera vez que consulté en la enciclopedia de mi casa la palabra “veronal”, porque no era una entrada que apareciera o recogiese el diccionario que usaba servidor entonces, fue cuando me llevé a los ojos (que todavía no solían mirar a través de lentes, porque no necesitaba gafas ni lentillas), por vez primera, el relato titulado “Emma Zunz”, de Jorge Luis Borges, que narra un crimen perfecto, es decir, impune, pues a quien lo planificó a conciencia y lo cometió no le deparó dicho asesinato la temida sentencia judicial de culpable. Ese día me enteré de que el veronal era un somnífero, el más antiguo de los barbitúricos y tan potente como el fenobarbital, comercializado con el nombre de Luminal (recomendado para tratar ciertos tipos de epilepsia).

En el diccionario sí que venía recogido el término “barbitúrico”, definido como “fármaco derivado del ácido barbitúrico, que produce efectos sedantes, anestésicos y/o eufóricos sobre el sistema nervioso central”. En la enciclopedia se decía, asimismo, que el empleo incauto de estos hipnóticos ha sido la causa de muchos accidentes letales (entre los que no cabe descartar, de antemano, suicidios queridos e involuntarios, me temo; y esto lo agrego yo, por mi propia cuenta y riesgo, claro, sin tener una sola prueba fehaciente al respecto; ahora bien, extrapolando determinados comportamientos, que sí me constan, a ciencia cierta, a otras actitudes humanas, me atrevo a formular dicha conjetura, que tiene trazas y visos de haber sido atinada, de haber dado de lleno en el blanco o centro de la diana, por meras afinidades o netas concomitancias con otros procederes coronados por congéneres o semejantes nuestros), como, por ejemplo, la muerte de Norma Jeane Mortenson, la actriz cinematográfica Marilyn Monroe, que falleció el 4 de agosto de 1962, por una sobredosis de barbitúricos.

En el primer párrafo del relato así rotulado por Borges, su hacedor, se narra que el señor ahora llamado Manuel Maier, padre de la protagonista y vengativa criatura, había fallecido, tras tomar por error, ergo, involuntariamente, una dosis tóxica, letal, de dicho narcótico en el hospital de Bagé (adonde, seguramente, fue trasladado con perentoriedad o urgencia para intentar salvarle la vida, pero, fatalmente, la perdió), Brasil. Emma conoció la luctuosa noticia, once días después del deceso, mediante una carta que le redactó y envió, ignorando que se la remitía a la hija del difunto, un tal Fain o Fein (empero, ante las dudas razonables, podía ser, asimismo, Foin o Fuin su apellido), quien la firmaba, de Río Grande.

El padre de Emma, otrora llamado Emmanuel Zunz, cajero de la empresa para la que ella ahora trabaja, la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, la última noche (antes de entrar en prisión o de huir, Borges nos deja elegir a los lectores, ellas, ellos o no binarios, entre estas dos opciones, al menos, o con la duda) le juró a su hija que el ladrón, el autor material del desfalco, delito que le achacaban a él, era Aarón Loewenthal, ahora uno de los jefes y antaño gerente de la citada fábrica.

Emma, para mantener su plan en secreto, lo depositó en su caja fuerte, bajo llave, pues no se lo contó ni a su mejor amiga, Elsa Urstein; y, una vez realizado, culminado, siguió la recomendación de Manuel Azaña: “(…) la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro”.

Nota bene

   Cuando he colocado el punto final a mi urdidura (o “urdiblanda”), ha aparecido en el quicio de la puerta que da acceso a mi despacho, que estaba abierta, de par en par, mi amigo del alma y heterónimo preferido, predilecto, Emilio González, “Metomentodo” (este había pulsado la tecla oportuna del timbre del portero automático y le había abierto, primero la puerta del edificio y luego la de la casa, mi mucama, Estela). Se lo he ofrecido para que lo leyera y me diera su opinión. Cuando ha terminado de pasar su vista por él, me ha dicho que el texto pedía, a voz en cuello, lo que le faltaba, una Nota bene. Le he preguntado qué debería recoger la susodicha y me ha brindado, con su proverbial y natural liberalidad, gratis et amore, la teoría o tesis que había pergeñado, ipso facto, esta. Según su modo de ver las cosas, parecer o prisma, se podía fantasear sobre algo creíble, posible, verosímil. A Emma, verbigracia, el secreto le golpeaba, ora su testa, ora su pecho, a cualquier hora del día, incluso estando dormida, y decidió contárselo, a su vez, por carta, a quien le pudiera sacar el máximo provecho y, asimismo, embellecer. Determinó que el sabio invidente Jorge Luis Borges era un estupendo candidato, pues lo haría de manera inmejorable. Se puso a la tarea, la coronó y se la mandó.

Desde entonces, todos los años, sin falta, hasta que ella falleció, cada mañana de cada tres de enero, Emma Zunz recibía en su domicilio bonaerense un ramo de rosas rojas, que ella depositaba luego, por la tarde, en la tumba de su padre, cuyos restos mortales había hecho trasladar de Bagé a Buenos Aires. Borges solo cambió, como él mismo reconoce al final de su ficción “uno o dos nombres propios” (le faltó añadir que también mudó tres o cuatro apellidos).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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