LA GENTE TIENE GANAS DE MORIRSE
(DE MUERTE NATURAL, SÍ, Y DE PLACER)
Esa es la tesis a la que he llegado, tras mantener sucintas entrevistas. Durante las dos últimas semanas, he tenido ocasión de comprobar que está la depresión haciendo estragos en muchos viudos de provecta edad.
Las cosas están adquiriendo tal cariz, se están poniendo tan negras, que voy a tener que autoimponerme la obligación de dejar de preguntar a quienes gozan de dicha condición, la desasosegante, solitaria y varonil viudez, qué tal les va, pues todos los consultados por mí en la calle, sin excepción, y por eso me ha resultado tan llamativa la coincidencia, me han venido con el mismo o parecido cuento: que ojalá se vayan a la cama esta noche y mañana no se despierten, no lleguen a levantarse.
Cuánta razón tiene fray Ejemplo, cuando, por hábito o normal proceder, cada vez que acude a un funeral, procura departir un rato con el mayor número de personas; y en toda la que advierte algún achaque o el ánimo bajo, la espolea o estimula para que regrese a casa con un sueño que debe cumplir y/o una ilusión que ha de coronar sin falta, porque, seguramente, él llegó antes a una conclusión o hipótesis semejante a la que hoy defiendo y sostengo. Fray Ejemplo pretende que el desmoralizado (por el motivo que sea) o triste no retorne a la habitación donde él se dedica a dar vueltas y más vueltas a la peonza que contiene o encierra el asunto de marras o del monotema, de que la mejor solución para él es dormirse definitivamente, o sea, sin volver a ver la luz de un nuevo día.
Esta mañana, durante un breve trecho, ciento cincuenta metros, a ojo de buen cubero, he ido, de camino a la biblioteca “Yanguas y Miranda”, de Tudela, dándole a la mui o sinhueso con una amiga de la juventud, con la que compartí otrora, en la capital maña, donde ambos cursábamos nuestras respectivas carreras, varias conversaciones (a mí, por supuesto, entonces, me hubiera gustado compartir muchas más cosas, incluidas las “cochinadas”, término que suelo usar para dar cuenta de maneras o modos de hacer el amor sin ñoñerías ni tapujos, en definitiva, sin prejuicios; en plata, lo que un amigo mío de la tierna infancia acostumbra a denominar con cuatro concisas palabras, estas, “¡qué asco más rico!”, pero no se dio el caso y a mí, un tímido redomado, no me brotaron las ganas de propiciar o provocar un desencuentro que pusiera fin a la especial relación de amistad), y cuanto me ha referido de un deudo íntimo suyo ha venido a confirmar o corroborar la tesis que he formulado escuetamente arriba, en el párrafo que inaugura este texto, de que algunos congéneres nuestros se sentirían mejor (coyuntura que oso poner en tela de juicio o duda, claro) en la otra parte del barrio, o en la otra orilla del río, que en esta. El familiar de mi amiga, en lugar de en la residencia, quisiera estar viviendo en su casa, pero eso es meramente imposible, salvo que se acepte dar curso a su egoísmo insoportable, ya que él viviría a gusto y a disgusto el resto, pues se trata de una persona a la que hay que cuidar, o sea, un multi o pluridependiente.
Entiendo perfectamente a quien considera que, ya que solo se vive una vez, uno debe intentar vivir según sus gustos, si puede, y, a ser posible, sin incomodar a los demás (qué gran pensamiento formuló Ulpiano; me refiero, claro está, a ese que dice así, en latín: “Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere”, es decir, “Estos son los principios del derecho: vivir honestamente, no molestar al otro y dar a cada uno lo suyo”), y, si no puede culminar dicho reto, o aprecia o estima que esa forma de vivir no es vivir, sino vivir muerto en vida, mejor estar muerto.
Nota bene
Qué razón tenía Albert Camus en su ensayo “El mito de Sísifo” (1942), que comenzó así: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía”. Y, una vez más, se impone guardar para el remate esta joya que adujo Epicuro: “Vana es la palabra del filósofo que no remedia ningún sufrimiento del hombre. Porque, así como no es útil la medicina, si no suprime las enfermedades del cuerpo, tampoco la filosofía, si no suprime las enfermedades del alma”.
Ángel Sáez García