El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Estás dispuesto a dar el do de pecho,…?

¿ESTÁS DISPUESTO A DAR EL DO DE PECHO,

AUNQUE ESTÉS EN LA EDAD DE JUBILARTE?

“Estoy dispuesto”, le acabo de contestar con aplomo al sacerdote, Pedro María Piérola García, que, cumpliendo taxativamente con la palabra que me había dado, “salvo causa de fuerza mayor”, esa fue la única restricción que puso, ha acudido a la colegiata de los Arcángeles, de Algaso, en el día de la fecha, a fin de oficiar la ceremonia religiosa de mi boda con Literatura, episodio que ha formado parte del sueño que he tenido esta tarde, durante los veinte minutos escasos que, como suele ser asiduo y ordinario, ha durado mi hodierna siesta.

En otra secuencia o viñeta de ese absurdo onírico que ha sido el susodicho, y que ha propiciado mi inconsciente, al que peta ir por libre, le he contestado a Jesús Arteaga Romero (que, amén de ser el guía o líder del colegio, fue el director del coro del seminario menor navarretano durante muchos años, todos los que él estuvo destinado allí, en aquel edén riojano, si no meto la pata hasta el mismo corvejón en este dato) que él ya sabía mi respuesta. Cuando mi hermano mayor, José Javier, estuvo interno en el colegio que entonces regentaban los religiosos benefactores (y en sus antiguas instalaciones se erige hoy el hotel “San Camilo”), dos años antes de ir yo, sí fue seleccionado por Arteaga con razón de peso, debido a su estupenda voz (era un perito cantante de jotas navarras); y, por mediación de Piérola, que se desplazó a Tudela desde Ázqueta, patria chica de los dos sacerdotes mencionados, para llevarlo y traerlo de allí, tras las exequias, cantó en la misa de funeral del progenitor de Jesús, Segundo (a cuya tumba me acerqué, tras haberle tributado un pequeño, pero merecido, homenaje a la de Piérola, el día que fui allí, al cementerio de dicha población navarra, con mi amigo Pío Fraguas y su esposa Diana, con ese concreto y exclusivo fin), durante las vacaciones del verano del 72 o 73, si no marro. Itero; sabía de antemano qué le iba a contestar, que no, a la pregunta literal del do de pecho; pero mi respuesta fue sí, como ha quedado constatado en el parágrafo inicial de esta urdidura, sin ninguna duda, a la figurada, que me había planteado en la otra secuencia o viñeta Piérola.

Así que aprovecho el suceso onírico que ha pergeñado por su propia cuenta y riesgo mi inconsciente, que ha favorecido que de la cama sobre la que me había tumbado decúbito supino haya pasado, por arte de birlibirloque, a los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo y allí haya acontecido el sueño de marras.

Reconozco que estoy dispuesto a dar, como otro tanto hizo antaño Cervantes, lo máximo, lo mejor de mí mismo, lo más inesperado, en los prolegómenos de la ancianidad, cuando barrunto que voy a estrenar la tercera edad; a esforzarme como hace el corredor de fondo, el maratoniano, a sudar y sudar la camiseta, aunque esta devenga inopinadamente en el sudario que envuelva el cadáver. No prometo escribir algo semejante a cuanto él creó, “El Quijote”, ni nada que esté a su altura, ni que sea ponderado de igual manera por las sucesivas generaciones de lectores que se lleven a los ojos las páginas de mi libro. Mi propósito es que la literatura que contengan sus párrafos sea bella, excelsa, y que con el lento paso del tiempo llegue a ser considerada por algunas/os clásica, pero no puedo prometer otra cosa que la tríada que algunas veces ha acabado en éxito: trabajo, trabajo y más trabajo.

Ignoro el parecer del atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, pero a mí me sirve (y por ese motivo lo convierto en mío) el argumento que ideó y adujo antaño Mohandas Karamchand, “Mahatma”, Gandhi: “Nuestra recompensa se encuentra en el esfuerzo y no en el resultado. Un esfuerzo total es una victoria completa”.

   Nota bene

Como de todo hay en la viña del señor, pronostico que habrá quien considere mi desafío o reto una absoluta pérdida de tiempo y quien lo repute una muestra loable de arrestos o arrojo vital ante lo arduo. Que me haya embarcado en ese velero, como Cervantes hizo con la Segunda parte de su inmortal obra, es, sencillamente, así lo veo yo, al menos, una prueba irrefutable de mi fidelidad a machamartillo y a rajatabla a la literatura, hasta la muerte.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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