PODEMOS SER AMIGOS, SÍ, DEL ALMA
AUNQUE DE CASI TODO DISCREPEMOS
Siempre que eso sea posible, a mí me gusta ir a todos los lugares del término municipal de Algaso a pie, andando, por mero contagio de una costumbre ajena, ya que a mi guía, maestro y mentor, fray Ejemplo, otro Aristóteles, tan peripatético como él, le chifla desplazarse a cualquier parte que quede a tiro de piedra en el coche de san Fernando, o porque me pirra charlar con él, un sabio, una persona inteligente y sensata, y como a él le apetece hacerlo mientras caminamos, pues yo me he habituado, por razón de las neuronas espejo o neta imitación, a ese aspecto concreto de su modus vivendi, que ha acabado siendo también el mío.
Algo le debe impedir andar regularmente para que fray Ejemplo abandone o rehúse seguir la senda que abrió dicho principio; verbigracia, que haya nevado, helado y el suelo esté resbaladizo y amenace riesgo de caída, o esté lloviendo a cántaros, o sea, jarreando. Callejear le ayuda a pensar, favorece su meditación, propicia su reflexión y juicio ponderado. La cadencia o frecuencia de dar un paso y luego otro, sin pensar que debe ir uno detrás del otro, beneficia que él pueda amasar a conciencia o dar mil vueltas a las ideas que le brotan y, así, lograr sacarles el máximo jugo, partido o provecho. Quien anda no compite contra nadie; y, lo haga solo o acompañado, siempre consigue galardón, medalla o presea, en la modalidad que sea, en solitario, dúo o pareja, o trío.
En uno de los coloquios prístinos del comienzo de nuestra relación de amistad, me adujo:
—Podemos ser amigos, sí, del alma, / aunque de casi todo discrepemos, / siempre que hagamos eso en paz, en calma. / Te regalo esos tres primeros versos, / por si escribir un día te apetece / un poema en tercetos en cadena.
Recuerdo que le contesté (tras volver a pasar mi vista por los apuntes que otrora tomé) esto:
—Quizá ni hoy, ni mañana, ni pasado, / sobre ese asunto escriba yo un soneto, / pero un día, teniendo el quid muy claro, / acaso un boli azul empuñe firme, / y aproveche el obsequio que hizo antaño / con tanta antelación, y lo componga / en un visto y no visto o dos pispases. / Será, seguramente, o eso intuyo, / para rememorarle a usted, dechado.
En otra de nuestras primeras conversaciones le pregunté:
—¿Cuál es la mejor, la óptima lección, que ha aprendido en los años que ha vivido?
Me contestó, cual hijo del rayo, esto:
—Entre el blanco y el negro, hay una inmensa gama de grises. En cualquier grupo de gente que analices o estudies, acabarás concluyendo que no es homogéneo, aunque se trate de una agrupación, formación o partido político.
—Noto que se ha quedado con ganas de añadir algo más para completar o complementar su argumento.
—El grupo no es tan bueno como el grueso de la gente, nosotros, por ejemplo, creíamos, tras echar un primer vistazo; ni tan malo como los mismos hoy juzgamos y opinamos. Nuestros congéneres son, poco más o menos, como nosotros, gente capaz de conseguir retos increíbles, a pesar de tener algunas actitudes o comportamientos deleznables, deplorables, que han dejado tanto que desear.
Un día (hace la tira de años, ¿ocho?) le planteé esta cuestión:
—¿Para qué andamos?
Y él, como una centella, me largó esto:
—Para sentirnos vivos, útiles; y para provocar el debate de ideas entre nosotros, sin tener que utilizar el bate. Para que, mientras hablo y elaboro mi tesis, tú discurras un razonamiento para apoyarla o para derribarla de la peana sobre la que la había colocado; y, así, aprendamos los dos.
Ángel Sáez García