¿DE LA CASUALIDAD EL HOMBRE ES HIJO?
ESO ES, AL MENOS, CUANTO HOY Y AQUÍ ELIJO
Tengo un amigo, con las cinco letras (esta mañana, cuando le he llamado por teléfono para preguntarle por un libro del escritor maño, medio vasco ya, Altarriba, y le he comentado que tenía la intención de mencionarlo —aquí me refiero al amigo del alma, no, aunque haya hecho e insista en hacer alusión más tarde, al zaragozano Antonio Altarriba Ordóñez, catedrático de literatura francesa en la Universidad del País Vasco— en esta urdidura, que acaba de echar a andar, me ha pedido, con encarecimiento, que su nombre y apellidos permanecieran en el anonimato del tintero y, evidentemente, por supuesto, como mi propósito no es molestar, el undécimo mandamiento de la ley de Dios, que, al ir siendo postergado paulatinamente en el orden de prelación, a la postre, no cupo en las tablas de Moisés, he atendido y respetado su deseo), que sostiene la tesis de que enamorarse es perder la cabeza, como eso mismo les ocurría otrora a algunas cerillas, que tenían cuerpo delgado de madera y cabeza de fósforo (y, por eso, la gente las llamaba antaño también así, fósforos, no forofos del fuego, pirómanos), que, tras ser restregadas contra o sobre una superficie rugosa, se encendían, y sus testas solían caer, una vez cumplida su misión, al suelo, como las cocorotas de quienes, durante el Terror de la Revolución Francesa, fueron condenadas/os a la guillotina, cuyos cuellos, colocados entre las dos tablas de un cepo, sobre la vertical de la aguda lámina afilada, en el mismo instante en que el verdugo quitaba o soltaba el seguro, la hoja caía y daba el corte mortal, como eso mismo viene haciendo la parca con su dalle desde la noche de los tiempos, y las cabezas, rodando, iban a parar a un cesto hecho de mimbre.
Como mi amigo anónimo y yo hemos leído, desde hace treinta y tantos años, los mismos libros, pues los que él se ha llevado a los ojos y le han gustado me los recomienda leer y presta, como otro tanto hace servidor a la inversa, para que ambos comprobemos que no hemos perdido ni el gusto literario ni el criterio de Aristarco, del que con orgullo (no somos perfectos) nos jactamos, le he interrogado en qué libro de Altarriba habíamos cazado o pescado una imagen similar a la que él utilizaba de la cerilla, pues yo no recordaba exactamente en cuál. Él tampoco. He catalogado un encargo excesivo que lo buscara en su biblioteca, más ordenada que la mía, que es un caos; juraría que se trataba de una colección de relatos.
Mi amigo del alma, cuyo nombre compuesto y apellidos he omitido, me ha preguntado, a su vez, por qué me interesaba tanto el dato, y se lo he brindado gustoso. En la contraportada de EL PAÍS de ayer, domingo 16 de febrero de 2025, en la columna titulada “Vivir, bailar, es lo que hay”, que firmaba su hacedor, ese explorador de una jungla, que es la belleza, y explotador de una mina, que es la verdad, inconcuso e inconcluso maestro de columnistas, Manuel Vicent, hacia la mitad de la misma, había escrito esto: “La aventura de la humanidad habrá sido solo el chisporroteo de una cerilla que prendió un enigmático creador frotándosela en su trasero”. Es decir, idéntica imagen había sido usada por el guía susodicho para dar cuenta de otro hecho distinto, aunque guarda con él alguna concomitancia.
Y, como las ideas, a veces, parecen cerezas depositadas, tras ser pasadas previamente por el grifo del agua, en un canastillo o cuenco, al tomar una, ha venido con ella otra. La imagen de Vicent me ha hecho rememorar varias escenas similares, vistas en diversas películas del oeste, protagonizadas, ora por John Wayne, ora por Clint Eastwood. Así que he notado que brotaba de mi cacumen esta pregunta: ¿Habrá sido Dios un centauro antes, como los dos actores reputados arriba, mientras discurría la historia de la humanidad o, en su defecto, aprovechó algún domingo, su día de descanso, para ver un wéstern con antelación en la pantalla improvisada de alguna estrella fugaz?
¿Puede que el creativo Big Bang no fuera más que la primera cerilla encendida por Dios y, por ser un mero y vulgar experimento, este se le fue de las manos? ¿Puede que la Gran Explosión del astrofísico Fred Hoyle, que usó a manera de zumba, no fuera más que un acto supremo de bondad? ¿O puede que se tratara del acto culminado por un Dios endiosado, enamorado, como Narciso, de sí mismo? Confío, deseo y espero que, entre los que se lleven (sean o se sientan ellas, ellos o no binarios) estas líneas a su vista o a las yemas de sus dedos (si leen en braille), nadie me condene, a priori, de antemano, sin un juicio justo, a la hoguera (si es alrededor de la tal, y hay un bululú o cuentacuentos que narra leyendas, no me importará), como otros hicieron con Miguel Servet, por el mero hecho de preguntar algo (aunque, lo reconozco sin ambages, vaya aparejado de ironía o preñado de sarcasmo). Porque sigo pensando que aquí caben formularse muchas preguntas más, pero no hay quien pueda responderlas con conocimiento de causa; nadie tiene la información concreta y correcta para contestarlas, de manera concluyente, taxativa.
Hay, insisto en la idea, un acervo de preguntas que podría hacer, pero me limitaré a formular esta: ¿Dios creó el fósforo y el bluyín antes de crear al hombre?
Nota bene
Hay quien no se extraña de que el hombre sea finito, que tenga fecha de caducidad, como los yogures, pues fue creado a imagen y semejanza de Dios, si hacemos caso a lo que se lee en el sagrado libro de los libros, la Biblia. ¿Eso quiere decir que Dios también lo es, o sea, no eterno?
¿De la casualidad el hombre es hijo? Eso es, al menos, cuanto hoy y aquí elijo.
Ángel Sáez García