“NO ES MÁS RICO EL QUE MÁS DINERO TIENE,
SINO EL QUE MENOS NECESITA” (ALFREDO)
El Diccionario de la lengua española (DLE) de la RAE define el vocablo “ironía”, en su tercera acepción, así: “Expresión que da a entender algo contrario o diferente de lo que se dice, generalmente como burla disimulada”.
El único problema que le veo a quien ejerce habitualmente de sarcástico redomado es saber, a ciencia cierta, cuándo este afirma cuanto asevera en serio, de veras, y no de manera fingida y/o zumbona.
Siguiendo el rastro dejado por uno de mis guías o mentores, pondré un ejemplo para que todo se vea diáfano y quede suficientemente clarificado. En la narración borgiana que lleva por rótulo “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, su autor dejó escrito, en letras de molde, cuanto se lee:
“(…) Entonces Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres. (…)
“Al día siguiente, Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista el artículo sobre Uqbar, en el volumen XXVI de la Enciclopedia. No constaba el nombre del heresiarca, pero sí la noticia de su doctrina, formulada en palabras casi idénticas a las repetidas por él, aunque —tal vez— literariamente inferiores. Él había recordado: Copulation and mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia decía: Para uno de esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and fatherhood are hateful) porque lo multiplican y lo divulgan”.
¿Fue irónico Jorge Luis Borges cuando trenzó lo que hoy leemos o no? Como el inolvidable ciego no se halla entre nosotros para preguntarle al respecto, nos vamos a quedar sin conocer su respuesta, su verdadera opinión. Así que no va a poder darme la razón, o sea, corroborar o ratificar cuanto barrunto, que fue irónico, pero tampoco va a desmentir lo que piensan mis contrarios, que no lo fue.
Quizá escribió lo que se lee porque no fue padre. Lo fue de muchos hijos de papel, pero (que se sepa) no tuvo hijos de carne y hueso, que le pudieran echar luego en cara cuanto dejó escrito negro sobre blanco. Si los hubiera tenido, hubiera podido salir incólume, indemne, sano y salvo, del brete, aduciendo que se trataba de una figura literaria, una simple ironía.
Bueno, pues, todo esto viene a cuento de que esta noche he soñado con un amigo, desgraciadamente ya finado, Alfredo Sarnago, bondadoso y generoso, que ha vuelto a darme otra lección de largueza o liberalidad. En dicho cronotopo onírico me daba un papel multidoblado, que yo pensaba que era un billete de mil pesetas, pero se trataba del envoltorio pluriplegado de un chicle que había sido premiado con 83 euros, extraña suma, un dineral. Supongo que él había ido al quiosco y había comprobado, de manera fehaciente, la cantidad dineraria exacta que llevaba aparejada el premio y, como sabía que yo seguía siendo pobre, me lo entregaba para que mitigara algo mi indigencia o penuria. Me ha preguntado qué iba a hacer con él y le he contestado que compartirlo; primero, con él, de bien nacido es ser agradecido, así que le daría la mitad; pero me ha dejado de piedra y helado con su objeción, que se conformaba con una sola parte de diez, como si fuera la punta visible de un iceberg; y, más tarde, lo repartiré con otros ocho, siguiendo tu patrón, le ha acabado aduciendo.
Y eso me ha hecho recordar los espejos de Borges, que no todos son abominables, ya que los hay encomiables. Y, al momento, a renglón seguido, he rememorado las frases de dos autores, Henri Beyle y Eric Arthur Blair, más conocidos por sus sendos seudónimos literarios, Stendhal (que definió la novela realista como “un espejo que se pasea por un ancho camino”) y George Orwell (“Escribo porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún hecho sobre el que deseo llamar la atención. Y mi preocupación inicial es lograr que me oigan” cabe leer en su ensayo “Por qué escribo”, publicado en 1946. Y también esto otro, que tampoco conviene olvidar: “La buena prosa es como un cristal de ventana”).
Los escritores, a veces, no siempre, ejercemos de espejos que reflejan la luz de las estrellas o soles que hemos conocido. Alfredo Sarnago fue uno de ellos. Pero he tenido otros ases en la mano, o a su alcance, por ejemplo, Álvarez Santaolalla, o Alfredo (de Cornago), etc.
Creo que los tres citados podrían formar un trío angelical o, junto a otros querubines, serafines o tronos, en coro, cantar que “no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia”. O una mera variante de este trino: “No es más rico el que más dinero tiene, sino el que menos necesita”. Y, en el cielo, como no sirve de nada, no lo hay.
Ángel Sáez García