PUEDE QUE YA NO DÉ MÁS ENTREVISTAS
NO HABRÁ AJENOS DISGUSTOS NI IRA PROPIA
“La impersonalidad del autor, preconizada hoy por algunos como sistema artístico, no es más que un vano emblema de banderas literarias, que, si ondean triunfantes, es por la vigorosa personalidad de los capitanes que en su mano las llevan.
“El que compone un asunto y le da vida poética, así en la Novela como en el Teatro, está presente siempre: presente en los arrebatos de la lírica, presente en el relato de pasión o de análisis, presente en el Teatro mismo. Su espíritu es el fundente indispensable para que puedan entrar en el molde artístico los seres imaginados que remedan el palpitar de la vida”.
Benito Pérez Galdós, en el prólogo que antepuso a (su novela antes que obra de teatro) “El abuelo”.
Confío, deseo y espero que, si alguien algún día me hace una interviú presencial o telefónica, al haber publicado el abajo firmante un nuevo libro (poco importará que este haya sido urdido por servidor en prosa o en verso), y ese y no otro es el objeto de la misma, el sujeto (ella o él) entrevistador haya culminado el trabajo previo, preceptivo e inexcusable de haberlo leído de cabo a rabo, porque yo le voy a preguntar, antes de empezarla, al respecto, esto es, si ha cumplido con ese requisito ineludible, si se lo ha llevado entero a los ojos, y si me contesta que sí, pero yo colijo o deduzco de sus respuestas que me ha mentido, como un bellaco, entonces me daré carta blanca para responder a las cuestiones que me plantee sin pararme a pensar lo que digo, sin reflexionar, o sea, contestaré al buen tuntún, lo primero que me venga en gana a la mui o sin hueso, resultando tal vez una interviú acéfala y ápoda, sin cabeza ni pies, absurda, aunque después, leída en el papel del periódico o la revista, esta me agrade (y no agreda), por ser manifiestamente hilarante.
Insisto; además, confío, deseo y espero que, si ha llevado a efecto esa primera cláusula del inexistente contrato, esa imprescindible conditio sine qua non para proseguir la entrevista, no empiece la tal con esta pregunta fatal: ¿Usted es de los que escriben primero a mano y luego pasan lo trenzado sobre el papel al ordenador o directamente en la pantalla de la computadora? Porque eso lo he contado ya, ni sé, a ciencia cierta, cuántas han sido las veces, en numerosos de mis escritos. Y porque así comenzó, precisamente, la suya, letal, la mendaz entrevistadora, presuntamente a sueldo de un periódico de tirada nacional, que me largó o soltó, para congraciarse conmigo, que era lectora habitual de los textos que publicaba este menda en su bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, y demostró no saber a qué me refería cuando le inquirí si era más partidaria de mis urdiduras o de mis “urdiblandas” (pregunta pintiparada, pues he constatado en varias ocasiones que sirve para desenmascarar a impostores y traidores, de ambos sexos). Y, asimismo, porque otro, de su misma o semejante calaña, inició la suya con una desgana tan evidente, una falta de interés tan notoria, y dejó traslucir que su presunto pozo de razones de peso estaba tan lleno de inanidades, que decidí que lo oportuno era mandarlo a dos sitios a la vez, o a uno después de haberlo enviado al otro, primero, a freír espárragos y, más tarde, a hacer puñetas (que es una manera fina de mandar a alguien a la porra), y a que, llegado a casa, probara a burlarse de otra persona, por ejemplo, de la que suele ver reflejado su rostro en el espejo del cuarto de baño cada mañana, nada más despertarse y levantarse de la cama, porque de mí ya había terminado de mofarse, estando este menda delante, en su presencia.
Prefiero que se comente de mí que tengo mal genio, como eso se decía, mientras vivían, de Fernando Fernán Gómez (puede que le viniera estupendamente al excelente actor interpretar, de nuevo, pues había representado el mismo rol en una adaptación cinematográfica anterior, titulada “La duda”, de la novela de Benito Pérez Galdós, dirigida por Rafael Gil en 1972, el papel de don Rodrigo de Arista Potestad, conde de Albrit, señor de Jerusa y de Polán, de carácter atrabiliario ante la injusticia, en la película “El abuelo”, que dirigió José Luis Garci en 1998, para que el suyo, fuerte, del mismo o parecido jaez, saliera a relucir, y eso sirviera para lograr borrar, cepillarse o quitarse de encima, de su presencia, a una patulea de necios, ora moscas, ora moscardas, ora moscones, ora moscardones) y de José Antonio Labordeta (expertos ambos en mandar directamente a la mierda, con las cajas destempladas, a quien/es fuera/n), a que se airee que soy un BBC, acrónimo de baldragas, bragazas o calzonazos (como Pío Coronado, papel que interpretó Rafael Alonso a la perfección en la citada cinta de Garci, verbigracia), tan bueno que parezco tonto (y es que, como le agrada propagar y propalar a la sabiduría popular, de bueno a tonto hay dos pasos, uno y aun medio), tanto como quienes gustan insistir en que yo lo soy, que me veo incapaz de soportar a un solo representante más de la sandez humana a mi alrededor y, menos aún, a mi lado, a mi vera.
Nota bene
Hoy, tras mis habituales veinte minutos de siesta (que no he consumido todos ellos estando dormido, por supuesto), me he levantado del catre considerando, muy en serio, la posibilidad de que, a fin de ahorrarles a quienes aspiran a entrevistarme un mal rato o rollo, y a evitarme a mí, de paso, otro sofocón, no conceda en lo que me queda de vida una sola entrevista más, a excepción de las que me hagan mis heterónimos, que barrunto o tengo la corazonada o el pálpito de que van a salir a pedir de boca, es decir, a terminar bien.
Ángel Sáez García