El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Me consta que quien muere ya no vuelve

ME CONSTA QUE QUIEN MUERE YA NO VUELVE

SALVO QUE UN SER VIVIENTE LO RECUERDE

Los creyentes (me refiero aquí, en concreto, a los cristianos, ora sean o se sientan ellas, ora sean o se sientan ellos, ora sean o se sientan no binarios; pero acaso deba hacer extensivo el criterio que servidor sostenga y asevere a continuación a todos los que creen en creaciones ajenas, sin hacer distingos entre las distintas y distantes religiones; lo desconozco por la sencilla razón de peso de que ignoro, de veras, qué se cuenta, en lo concerniente a la vida del más allá, en las restantes doctrinas o credos; nunca me he sentido atraído por la necesidad apremiante que les ha brotado a otros congéneres míos de estudiarlas a conciencia, y, de esta guisa, luego, tal vez, poder quedarse con la auténtica, si alguna, según el peculiar parecer de cada uno de ellos, merece recibir ese adjetivo calificativo, o sea, con la mejor) se consuelan con el embeleco (mi madre, pocos días antes de fallecer, no necesitó explayarse mucho para persuadirme, pues yo ya estaba convencido de antemano, me confesó que la vida era una mentira; y yo le aduje: “pues, si la vida ordinaria te parece una patraña, calcula lo que será la extraordinaria, la de ultratumba, una filfa como una catedral”; como el caso de mi progenitora no ha sido único, excepcional, me ha dado por conjeturar que, cuando un ser humano se acerca al fin de su ciclo vital, velis nolis, toma conciencia de cuanto atinó a pergeñar, escribir y propalar Jean-Paul Sartre en “El ser y la nada”,1943, que el hombre, en genérico, es una pasión inútil) de que, una vez muertos, vivirán una existencia plena, superior (bastante insulsa, si dicho existir se reduce a cuanto le escuché aducir a un cura otrora, contemplar la grandeza de Dios; los sacerdotes en sus catequesis deben improvisar más y ser más creativos y persuadir a sus futuros clientes, si aún no lo son, con el argumento seductor o sugestivo de que la vida post mortem debe ser algo parecido a la visita inolvidable y gratuita a un interminable parque de atracciones; quizá así logren convencer a un mayor número de gente para su causa y fe).

Puede que la íngrima verdad que los creyentes cristianos oigan y digan, a modo de cantilena o cantinela, sobre qué les ocurrirá, una vez les sobrevenga la muerte, la contengan esos cuatro versos certeros, póquer de ases veraces, estribillo del villancico titulado “Dime, Niño, de quién eres”, que entonamos en España, sobre todo, el 24 de diciembre, hoy, precisamente, Nochebuena, fecha en la que cumple años mi querido primo Jesús Roberto (ergo, ¡muchas felicidades!), cardiólogo conspicuo, con quien, por fin, logro portarme bien, desinteresadamente, porque, durante la jornada mencionada, no le llamo por teléfono, como he hecho hace unas horas, para preguntarle por algún percance sufrido por mi corazón, sino para felicitarle, como acabo de hacer, nuevamente, aquí, en este texto, unas líneas más arriba, por haber cumplido un año más: “La Nochebuena se viene, / la Nochebuena se va; / y nosotros nos iremos, / y no volveremos más”.

Está claro, cristalino, al menos para mí, que la muerte de todo hombre nos disminuye, porque nosotros, tú, lector, y yo, formamos parte de la humanidad, como dejó escrito en letras de molde el poeta metafísico inglés John Donne, que nos contagió su pregunta, “¿Por quién doblan las campanas?”, y su implícita respuesta; pero la nuestra, la propia, nos llevará irremediablemente a la nada más absoluta, donde, sobre y bajo el vacío en el que, a modo de bocadillo, cabe hallarla, no hay otra cosa que nada. Habrá quien vea en esa nada al primer hombre bíblico sobre la faz de la Tierra, a Adán, su anagrama, y, por ende, este posible palíndromo: Nada, Adán.

Me consta que quien muere ya no vuelve, salvo que un ser viviente lo recuerde. ¿La parca me amenaza con su dalle? ¿Su filo dice a mi garganta “¡calle!”?

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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