LA HISTORIA, LOS SECRETOS, LOS VICIOS Y LAS VIRTUDES DE LOS CORRESPONSALES

REPORTERO DE GUERRA: Si no es cerca, no es verdad (XIV)

'Territorio comanche' es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta

REPORTERO DE GUERRA: Si no es cerca, no es verdad (XIV)
Robert Capa, el mejor fotógrafo de guerra de la Historia para muchos, y alguna de sus imágenes, en la Guerra Civil española y en la II Guerra Mundial. PD

Por Alfonso Rojo

En la jerga de los corresponsales de guerra, según escribe Arturo Pérez Reverte, ‘territorio comanche‘ es el lugar donde el instinto dice que pares el coche y des media vuelta:

«El lugar donde los caminos están desiertos y las casas son ruinas chamuscadas; donde siempre parece a punto de anochecer y caminas pegado a las paredes, hacia los tiros que suenan a lo lejos, mientras escuchas el ruido de tus pasos sobre los cristales rotos; donde no ves los fusiles, pero los fusiles te ven a ti.»

Robert Capa, quien según los clásicos de la profesión ha sido el mejor fotógrafo de guerra del mundo, tenía como frase favorita la de: «If your photographs aren’t good enough, you’re not close enough».

En otras palabras y en castellano, que hay que acercarse al motivo y sumergirse en el cuadro, porque la clave de la veracidad en una imagen periodística estriba en la cercanía al objeto.

Basta repasar la lista de los premios World Press para comprobar que la historia del periodismo da reiteradamente la razón a Capa.

Una vez formulado el principio general y aceptado como válido, el problema es llevarlo a la práctica. El perenne dilema en ‘territorio comanche’ es que demasiado lejos no consigues la imagen y demasiado cerca no queda salud para contarlo.

Con los avances ópticos, el desarrollo de lentes de luminosidad inaudita, la cámara digital y la incertidumbre que conlleva arrimarse demasiado no se debe menospreciar alegremente un potente teleobjetivo, pero en Lugo, durante la agitada campana electoral de 1977, tuve ocasión de comprobar las virtudes de un gran angular y de la proximidad física.

En esa época todavía yo no había hecho una sola fotografía de guerra, ni había olido otra pólvora que la de los cartuchos de la escopeta de caza o la de las cinco docenas de balas del 7,65 que disparé con el viejo fusil Cetme durante el servicio militar, pero ya sabía quien era Robert Capa.

En aquella etapa esencial y estoy hablando de los años ’70’, los modelos para un aspirante a periodista de acción como era yo, se llamaban Manu Leguineche o Capa.

No era Ryszard Kapuscinski, como dicen ahora los ‘exquisitos‘ reescribiendo desvergonzadamente hasta su memoria, porque no sabíamos ni quien era. El genio polaco llevaba ya un tiempo en circulación, pero ni ‘La Guerra del Fútbol’, ‘El Sha’ o ‘El Emperador’ habían sido traducidos o estaban en nuestra librerías.

Kapuscinski, a quien le otorgaron en 2003 el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, «por su preocupación por los sectores más desfavorecidos y por su independencia frente a presiones de todo signo, que han tratado de tergiversar su mensaje», está mucho más en la liga de los creadores literarios tipo Ernest Hemingway, que del reportero de guerra puro y duro.

Kapuscinski había estudiado Historia. Eso ayuda a entender la brillantez de su prosa y explica la facilidad con la que progresó en el periodismo ‘oficial‘. Entre las claves de su meteórico ascenso profesional, tampoco hay que desestimar que era acérrimo militante comunista y eso contaba mucho en los países satélites de la Unión Soviética. Estuvo afiliado al Partido Obrero Unificado Polaco desde 1954 hasta 1981.

En 1964, tras hacer gala de indudables habilidades para reportear en asuntos domésticos, fue designado por los jerarcas de la Agencia de Prensa Polaca (PAP) ‘único corresponsal en el extranjero’.

A comienzos de 2007 falleció a causa de un paro cardiaco después de una operación para extirparle un cáncer, pero antes dejó páginas memorables, pero en mi modesta opinión -como le pasaba a Hemingway- fue esencialmente un creador literario, un novelista de enorme talento, y no un reportero de guerra, a pesar de haber escrito y maravillosamente sobre la guerra.

LOS MODELOS DE UNA GENERACIÓN EXPECTANTE

No fue Ryszard Kapuściński quien marcó el camino o ahormó el reporterismo de guerra español en el franquismo postero o la democracia incipiente. En aquellos años turbulentos, nuestros modelos eran otros: Miguel de la Quadra Salcedo, Manu Leguineche y Robert Capa, si eras fanático de la fotografía.

Hay otros, como el ya fallecido Enrique Meneses que fueron también grandes, pero publicaban casi siempre en medios foráneos tipo ‘Paris Match’ y eso hizo complicado a gente como yo que pudieramos seguirlos.

El hombre, que sigue siendo punto de referencia obligado de todos los que reporteros gráficos quieren dedicarse a este oficio, era mucho más complejo de lo que se supone. Su propio nombre -Robert Capa- es en sí mismo una invención.

En realidad se llamaba Endre Friedman y había nacido en 1913 en Budapest, donde sus padres poseían un taller de costura.

La idea de cambiar de patronímico surgió en Paris, en la primavera de 1936, cuando él y su novia acordaron inventarse un fotógrafo imaginario, supuestamente norteamericano, para sacar más dinero por las copias que vendían a las agencias.

La fullería funcionó perfectamente, pero faltaba un tiempo para que la inmensidad profesional, la maestría de pequeño húngaro eclosionara con todo su potencial.

Consiguieron colocar un buen puñado de fotos a 150 francos la unidad, tres veces su precio normal, y cuando Endre Friedman cruzó los Pirineos para cubrir la guerra civil que acababa de estallar en España, enterró para siempre su pasado húngaro y renació como el triunfal e imbatible Robert Capa.

Es intrincado separar la realidad de la vida de Capa y los mitos que han crecido en torno a él. Hay dudas hasta sobre su obra maestra, la foto de un miliciano español en el momento de ser alcanzado por las balas, pero es irrefutable que acertaba plenamente al enfatizar las ventajas de la cercanía.

UNA FUERZA DE LA NATURALEZA LLAMADA FRAGA

Habíamos llegado a Lugo siguiendo al expeditivo Manuel Fraga. El líder de Alianza Popular arrastraba consigo el lastre de haber sido ministro de Información y Turismo con Franco y de haber ostentado la complicada cartera de Interior. Despertaba enormes recelos y aversiones sarracenas.

Quizá por eso, a ninguno nos extrañó que en el momento de iniciarse el mitin convocado por su partido, todo el graderío izquierdo del pabellón de deportes lucense estuviera copado por centenares de estudiantes.

Armados de tambores, silbatos, tracas y todo espécimen de utensilio sonoro, se encargaron de hacer literalmente inaudible el discurso de los primeros cuatro oradores.

Fraga subió al estrado en quinto lugar. Se aferró al atril, paseó desafiante la mirada por la grada y gritó:

«Si no se callan, los vamos a tener que callar!».

La amenaza solo tuvo el efecto de enardecer los ánimos de los reventadores. Fraga levantó el mentón y repitió su advertencia.

Todos los periodistas estábamos en la zona del fondo, separados de la tribuna por medio centenar de filas de sillas de tijera ocupadas por publico de mediana edad y aspecto inocuo.

Tuve una corazonada. Intuí que Fraga iba en serio, puse el botón de la velocidad a 1/250 de segundo porque imprevisoramente no tenía puesto el flash, abrí el obturador al máximo y me precipité como una flecha hacia el estrado.

En el instante en que llegaba a la primera fila, el líder derechista empezaba a despojarse teatralmente de la chaqueta.

Después, con voz de trueno, lanzo un estentóreo «¡Vamos a por ellos!», descendió con ampulosos pisotones y se encaminó a grandes zancadas hacia el graderío de la izquierda.

Ni uno solo de sus partidarios siguió tras él, si se exceptúa al policía de escolta que balbuceaba asustado «Don Manuel, que se pierde» y a tres muchachos cuya única intención parecía ser arroparle.

Los quinientos alborotadores de la grada debieron de sufrir una alucinación colectiva, porque en menos de medio minuto huyeron en desbandada. En su fuga, bloquearon el paso y atropellaron a los fotógrafos que intentaban aproximarse.

Del incidente solo hubo una secuencia de cuatro fotogramas validos, y los cuatro estaban en mi cámara Nikon F2.

Una de las imágenes, la que se publicó a cinco columnas en primera pagina de Diario 16 el 9 de mayo de 1977 y compró la revista alemana Stern, me permitió ganar posteriormente un premio de fotografía, que además del diploma incluía un buen fajo de billetes de banco.

Al cambio actual y en euros, suena a miseria porque serían unos 600 €, pero en la España de finales de los ‘70′, la del Seat 600, las cabinas con teléfonos de fichas, las carreteras sinuosas, los váteres apestosos, el aceite a granel y los viajes en tren eternos, 100.000 pesetas eran una fortuna.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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