Ser reportero es mucho mejor que trabajar, pero la profesión no está exenta de frustraciones

REPORTERO DE GUERRA: ¿Qué come y cómo vive la gente allí? (XXV)

La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: ¿Qué come y cómo vive la gente allí? (XXV)
Alfonso Rojo durante la primera Guerra de Chechenia, en 1995. Igor Mihalev.

Por Alfonso Rojo

La de enviado especial es una profesión fascinante en la que a uno le pagan por hacer lo que le más le gusta.

Como dicen los encallecidos veteranos, es mucho mejor que trabajar, aunque no esté exenta de transitorias frustraciones.

Una de ellas es que a miles de kilómetros de distancia, en el trajín de la redacción, piensen que las cosas son de un modo, cuando en realidad son de otro, y orienten la información en sentido contrario al que tu pretendes dar desde el lugar de los hechos.

En Rumania, en las Navidades de 1989, cuando enviaba telex insistiendo en que no topaba con los racimos de muertos por lado alguno -se hablaba de miles de cadáveres, y el circunspecto ‘El País’ llegó a publicar que había «más victimas que en Vietnam«- ‘El Mundo’ se sumó un par de días a la necrofilia general convencido de que la siniestra Securitate de Nicolae Ceaucescu estaba sembrando de ‘fiambres‘ los Cárpatos.

Ya les podías decir que las imágenes de alguna de las supuestas masacres que afluían vía agencias eran un montaje, porque en la guerra no se hace autopsia alguna a los que caen y aquellos cuerpos mostraban cicatrices médicas y aparatosos costurones, signo evidente de que habían sido sacados de los frigoríficos de la morgue, para impresionar a los reporteros extranjeros.

Casi ocurre algo parecido durante la Guerra del Golfo, cuando en Bagdad era evidente que los abotargados soldados iraquíes no iban a plantear batalla y en Madrid, Pedrojota y los suyos seguían creyendo que Sadam podía tener armas químicas y algo peor.

Como a todos los afortunados que nos dedicamos a esto, me volvió a ocurrir unas cuantas veces.

En Kosovo, entre el 24 de marzo y el 10 de junio de 1999, período durante el cual las fuerzas de la OTAN bajo la batuta de su Secretario General el socialista español Javier Solana, se dedicaron a bombardear sin descanso objetivos en Serbia, llevándose por delante desde los puentes del Danubio al McDonald’s pasando por la televisión oficial, con buena parte de los que estaban dentro.

Los milicianos albanokosovares atacaban a campesinos y civiles de origen serbio y las fuerzas militares serbias sacudían con saña a los mayoritarios paisanos de origen albanés.

Ese espanto se tradujo en una limpieza étnica en toda regla, con desplazamientos masivos de población, lo que fue muy bien instrumentalizado contra Slobodan Milosevic por la propaganda de la Casa Blanca.

Daba igual lo que contara yo, que estaba sobre el terreno y entré en Pej, viajando en coche desde la frontera macedonia con Elisabetta Rosaspina del Corriere della Sera, dos días antes de que llegaran muy atildadas las tropas de la OTAN.

Nos refugiamos en un diminuto convento de monjas católicas, donde también se habían metido dos curas y aquella atalaya, que los contendientes respetaban como ‘lugar sagrado’, nos permitía tener acceso a fuentes de primera y una información de instantánea y muy fidedigna de lo que se cocía alrededor.

En la sección de Internacional miraban el trapo, veían que desde Washington filtraban a Reuters que una columna de ‘50.000 refugiados huía por la carretera’ y titulaban con eso, aunque tu detallaras en tu crónica que aquello estaba desierto, la gente se escondía asustada y que no había convoyes de desesperados por lado alguno, desde que los aviones aliados habían confundido uno con una unidad motorizada serbia y la dejaron como un colador. Y eso que en la época estaba Carlos Salas, que es un tipo con criterio.

Con John Müller, que había sido su predecesor, era más fácil sintonizar y eso que lo suyo siempre fue el análisis, la coyuntura y las grandes fuerzas socioeconómicas que agitan el planeta.

Personalmente, eso o escuchar al burócrata de turno, mientras esperas colgado del teléfono y con la cabeza entre el inodoro y la ducha por miedo a la metralla a que te digan el número de palabras que te tocan ese día, comentar socarrón a los de la sección vecina que no te enteras de nada o que estás en la piscina rascándote la barriga, no es eso lo que más duele. Son gajes del oficio.

Lo frustrante es sudar un mes en pleno corazón de la noticia, comiendo porquerías, enviando lo que uno considera crónicas emocionantes, ajustados despachos y arriesgados reportajes, y que al retornar a casa, nada más poner los pies en la morada familiar, tu madre te pregunté cándida:

«¿Cómo vive realmente la gente allí? ¿Y qué comen?»

Esa es la prueba irrefutable de que se ha fracasado y que los lectores, los que cuentan de verdad, no se han enterado de nada.

Y si fueran sólo los lectores, el asunto tendría un pase, pero hay ocasiones en que tu labor pasa también desapercibida para tus colegas y jefes. El único que siempre está al tanto es el severo gerente, porque al final es a él al que le llegan tus cuentas de gastos.

En diciembre de 1994, cuando comenzó la primera Guerra de Chechenia, yo estaba en Moscú, donde entonces el corresponsal de ‘El Mundo‘ era Franciso Herranz alias ‘Pakovich‘, de traductora hacía la metódica Galina y daba apoyo el mallorquín Antonio Palmer.

La noticia de que los rebeldes chechenos habían masacrado a una columna rusa, a la que Boris Yeltsin había despachado irresponsablemente hacia el corazón de Grozny sin cobertura de ningún tipo, convencido de que aquello sería un rápido y quirúrgico conflicto seguido de una capitulación rápida, nos pillaron al borde de Nochebuena.

No me acuerdo si Pakovitch seguía en Rusia o había viajado a Madrid a pasar la Navidad con la familia, pero Igor Mihalev y yo partimos como un rayo hacia el Caúcaso.

Como conté en un capítulo anterior, nos costó Dios y ayuda entrar en la asediada ciudad, tuvimos que mendigar un alojamiento y pasamos un mes de espanto, sufriendo cada anochecer para llegar a la granja donde Kurt Shorck y los de Reuters tenían el satélite de transmisión, comiendo hasta la extenuación huevos duros y paladas de caviar sin depurar, durmienndo en el foso del mécanico por miedo a las bombas y viendo muerte y desolación a diario.

Lo del foso, con diferencia, fue de lo peor, porque hacía un frío glacial, no tenía luz eléctrica y estaba medio lleno de patatas a medio camino de la putrefacción.

El Ejército de Moscú se había sumergido, por falta de previsión, en un sangriento pantano y operaba con torpeza, porque en lugar de enviar profesionales de otras partes de Rusia, los corruptos jerifaltes de la época optaron por hacer levas locales.

Muchos de los milicianos chechenos eran veteranos de la invasión de Afganistán y peleaban como fieras, lo que no dejó a los rusos otra opción que ir aplanando todo a golpe de morterazos, obuses, cohetes katiusha y bombas aéreas. Los ataques indiscriminados con artillería y aviones causaron grandes pérdidas entre la población civil chechena.

Sólo en las primeras semanas de 1995, durante la ofensiva contra Grozni, murieron en la ciudad más de 25.000 personas. El centro urbano, sembrado de escombros y vehículos calcinados, recordaba las fotos que habíamos visto del Berlín nazi, cuando entraron los soviéticos.

Ya he contado que era tal la desolación, que hasta opté por llevarme el icono de la cabeza de San Juan Bautista de la desierta catedral, para preservarlo del fuego. En resumen: pasé más miedo que en ninguna cobertura anterior, sufrí físciamente lo indecible y curré como un galeote.

Pues bien, cuando a finales de febrero entraba sacando pecho en la redacción de ‘El Mundo’, me topé con la sagaz Lucía Mendez, que unos meses después se marcharía a La Moncloa a trabajar con Miguel Angel Rodriguez y el equipo de comunicación del presidente Aznar, quien me dijo tan risueña como afable:

«¡Que buen aspecto tienes! ¿Has adelgazado mucho? ¿no?».

«Cuatro o cinco kilos», contesté yo poniendo cara de penitente.

«¡Vaya mérito! Para mi es casi imposible hacer dieta en las vacaciones».

Me quedé helado, porque acababa de darme cuenta de que Lucía, corresponsal política de las buenas y con mesa y ordenador fijo en Nacional, al otro lado de la sala pero en la misma planta que Internacional, tampoco se había enterado de que yo venía de pasar un mes atroz en Chechenia y eso que había estado publicando casi todos los días.

Como mi madre o como Ramón Lobo, colega de ‘El País’ que cubrió el asunto desde la vecina localidad de Argún, se acercó una mañana a la Plaza Minutka y volvió a España convencido de que había puesto una pica en Flandes y los demás nos habíamos estado tocando las bolas, lejos de la acción.

Suena feo, pero seguir lo que sucedía en Grozny desde Argún, viene a ser como reportear sobre disturbios raciales en el Harlem del neoyorquino barrio de Manhattan, instalado en la terraza de un hotel de New Jersey, regentado por italianos.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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