La guerra nunca es como se presenta en el cine.
Es algo turbio, sucio y horrible.
El problema es que la visión continua de hechos espantosos termina por hacer que uno se habitúe a ellos, como le ocurre al cirujano en el quirófano de urgencias de un gran hospital o al policía de guardia en comisaría.
Se da por supuesto que las muertes son inevitables y eso entraña el peligro de que se legitimen.
Un ejemplo de lo más estremecedor es el del equipo de televisión apostado junto a un francotirador.
Nadie desea la muerte, pero al cabo de los minutos, con la vista puesta en una secuencia llamativa para el noticiero de la noche, el cámara, el productor y el reportero pueden terminar anhelando que acierte y le meta una bala en la cabeza al inocente peatón que cruza la calle. Se pierde la conciencia, se quiere sangre.
Uno de los casos más flagrantes que recuerdo es el del japonés Hideo Yanagisawa, enviado especial de la cadena de televisión NHK a la Guerra del Golfo.
Si había en Iraq un periodista que desconociera totalmente lo que significan palabras como «piedad», «compasión», «buenas maneras» o «sentido del ridículo», era el nipón.
Tenía un comportamiento que, en mi opinión entonces, indignaría por su inhumanidad al Marqués de Sade.
En febrero de 1991, durante una visita al destartalado hospital de Basora, Hideo llegó a la desvergüenza de levantar por su cuenta las sábanas que cubrían a quemados, amputados y parturientas para que su camarógrafo registrase sin problemas el incomparable espectáculo de una cara desfigurada, una llaga supurante, varios apósitos pestilentes o unos muñones sanguinolentos.
La afrentosa conducta de tipos como Hideo Yanagisawa tiene poco que ver con su raza o con su origen nacional. Una de las cosas que más temprano se capta en esta profesión es que las personas somos exactamente iguales.
Entre un pálido científico alemán y un oscuro aborigen ruandés no hay diferencias sustanciales.
Para constatarlo basta escarbar, echar mano de la historia reciente y repasar como procedieron germanos y hutus -en 1939 y 1994 respectivamente- contra los que consideraban sus enemigos: judíos y tutsis. Los seres humanos somos análogos, aunque nuestras circunstancias varían enormemente.

Los conflictos no los provocan los genes o la semántica. Los crean la ambición, la estupidez, la locura y la dureza de corazón.
Como sostiene el vitriólico P. J. O’Rourke, «si a un japonés lo crían en Riad será un árabe, y un zulú destetado en Buenos Aires se convertirá en psicoanalista».
Esto no impide el que sea factible discernir, casi a simple vista, la nacionalidad de los corresponsales de guerra.

Los japoneses son una superpotencia económica y se mueven por el mundo con material digno de la «guerra de las galaxias», pero a menudo dan la impresión de compartir sastre con los chimpancés del circo. En eso de la indumentaria, los que más se les asemejan son los estadounidenses.

Los norteamericanos, como sus primos ingleses, son de los que menos se lavan cuando escasea la calefacción y falla el agua corriente.
A pesar de su honda cultura, se reconoce inmediatamente a los franceses porque siempre hay alguno que anda buscando relojes Breitling de ocasión, y un par de ellos con camisetas de Mickey Mouse.
Los galos tienen además la acendrada manía de secuestrar un recodo del restaurante del hotel y congregarse para cenar. Lo hacen todas las noches, aunque se despellejen entre sí a la hora del desayuno.
Los británicos son los más individualistas y parecen siempre escasos de fondos. Los alemanes se distinguen por su afición a los coches robustos y por su atuendo de piscina: cuanto más grande sea el cuerpo del alemán, mas pequeñito será su traje de baño.

En el caso español, aunque no con la exageración de los italianos que hasta se pasan los temas y pactan los horarios, hay cierta inclinación a lo gregario, a formar piña y apoyarse unos en otros, lo que indefectiblemente va en detrimento de la calidad del trabajo.
Quebrar ese precepto no escrito y apartarse del rebaño puede granjear más de un disgusto.

Al concluir la Guerra del Golfo me permití la ligereza de bromear públicamente y con cierto sarcasmo sobre la huida en masa de los periodistas destacados en Bagdad. Visto con perspectiva, fue una ligereza mezclada con pequeñas dosis de vanidad, porque no hacía falta.
Conscientes de que la guerra tenía fecha, porque EEUU había fijado un últimatum exigiendo a Saddam Hussein salir de Kuwait el 15 de enero de 1990, habíamos acudido en masa a Bagdad periodistas de todo el planeta.
Tras agotar en los grandes almacenes de nuestros países de origen las existencias de chalecos de pescador, linternas, gorros, pantalones multibolsillos y toda esa parafernalia, eramos más de trescientos reporteros los que atiborrábamos los hoteles de Bagdad.
Al régimen, que hasta el último instante creyó que George Bush y sus aliados no se atreverían a atacarle, le convenía tener muchos ‘testigos occidentales’ in situ y daba visados de entrada como rosquillas.

Los bombardeos comenzaron la medianoche del 17 al 18 de enero de 1990 y a esas alturas, los directores de los medios de comunicación occidentales llevan varios días machacando a sus enviados especiales con el mensaje de que había que salir de allí, porque se avecinaba el Apocalipsis.
Actuaban los jefes presionados por la Casa Blanca y por los gobiernos respectivos y la campaña del miedo tuvo efecto.
Convencidos de que corrían peligro, lo que contaré con detalle más adelante, el 95% de los periodistas dejaron Bagdad a toda prisa, incluidos más de 20 españoles.
Dos días después, los agentes de Saddam echaron a patadas a los que restaban casi todos británicos, y nos quedamos sólo dos: el corresponsal en Jerusalén de la CNN, Peter Arnett; y yo que trabajaba para El Mundo.
También Igor Mihalev y otros siete periodistas ‘invitados‘ procedentes de la Unión Soviética, que carecían de dólares para pagar la fortuna que aquellos taxistas piratas, compinchados con los espías del Ministerio de Información, cobraban por llevarte hasta la frontera jordana. A los soviéticos no les dejaron salir del hotel y tampoco trabajar.

Hice piña con los rusos y la relación con Arnett fue glacial, porque me negó en todo momento el pan y la sal, como él mismo reconoció posteriormente. Cuando le preguntaron por qué no me había dejado ni usar su teléfono por satélite, argumentó -como ha quedado registrado en el libro ‘Reporters under fire’– que para que alguien te preste algo, tienes que ser como poco amable con él.

El hecho de que un periodista español, permaneciera 55 días en Bagdad bajo el fuego de los aliados fue un hecho histórico sin precedentes en el Periodismo español.
El Mundo había nacido el año anterior y se marcaba un tanto de aúpa, que Pedrojota supo jugar con maestría.
Lo que yo publicaba en El Mundo, se reproducía en diarios de todo el planeta, sobre todo en ‘The Guardian‘ y aquello se me subió un poco a la cabeza.

Al salir, en Amman y después en Madrid, Lisboa, Londres, París, Miami y todos los sitios donde me entrevistaron las cadenas de televisión, incluyendo la sacrosanta BBC, cada vez que me preguntaban por qué me había quedado cuando todos habían escapado, contestaba muy ufano que yo era reportero de guerra y había ido a Bagdad a cubrir una guerra y no a pescar carpas en el Tigris.
Añadiendo que, si tu profesión consiste en contar un conflicto, no era de recibo salir de estampida cuando comenzaban los tiros y los bombazos.
Esa ‘prepotencia‘ no tuvo trascendencia con la mayoría de mis colegas hispanos, pero hubo más de uno con quien mis relaciones se enfriaron bastante. Para siempre.


