¿DÓNDE RADICA EL CREATIVO IMPULSO?
No me consta el hecho en sí, pero lo intuyo; además, a dicho presentimiento no le he hallado, por ningún lado, tras coronar un exhaustivo escrutinio, grieta o rendija por la que pueda colarse subrepticiamente la duda más flaca. A veces, la corazonada, negando parte de su contenido, en el caso que nos ocupa, la cola, es todo, o sea, más exacta incluso que la certidumbre imbatible e irrebatible, la apodíctica. El impulso que mueve a Ángel/Otramotro y a su alma gemela, servidora, Amanda, a empuñar la péñola y escribir, la razón de nuestras inagotables energía y tesón, una extraña fusión, jumelage (voz que, en francés, significa hermanamiento) o mezcolanza de un sentimiento y de un objeto, el amor y una pila, pues, paradójicamente, cuanto más se da o entrega y gasta más se tiene o queda y se carga, cabe hallarla, sin duda, ¿en nuestras respectivas hambres voraces de ser admirados y sedes ansiosas de ser famosos? Probemos y veamos qué obtenemos; decidiremos, en consecuencia, con conocimiento de causa.
Sospecho que a Ángel le ha acaecido tres cuartos de lo propio que me ha acontecido (si no he entontecido) a mí. Barrunto que ambos nos creímos, a pies juntillas, y atribuimos, como propios, sucesos ajenos, fueran legendarios o fehacientes, siempre que los juzgáramos creíbles, verosímiles, les ocurrieran o no a las personas a las que se los escuchamos referir o leímos. En suma, mutatis mutandis, lo nuestro se diferencia muy poco, apenas nada, de lo que antes que nosotros vivió el autor anónimo de “El Lazarillo de Tormes”.
Tengo para mí que en las cabezas de los tres, del anónimo, de Otramotro y de la abajo firmante, organizamos torneos o duelos entre los seres suministradores de esas informaciones, fetenes o ficticias, y nosotros, de los que los tres siempre salimos bien librados, airosos, pero porque nos rendíamos y nuestros oponentes, clementes, nos perdonaban la vida, mas no sin advertirnos, insistentemente, de que nos acordáramos del hecho y de quienes lo propiciaron, para que, cuando nosotros lográramos, por fin, vencerlos, porque un día (no necesariamente el mismo en ambos casos) eso sucedería, seguro, fuéramos entonces condescendientes y consecuentes en nuestras decisiones y con nuestros actos.
Ángel y yo tenemos debilidad por el citado autor anónimo (sea quien sea, si es que se demuestra un día, sin controversia posible, que lo es, claro) de “El Lazarillo”, el hacedor de sus páginas inolvidables e imperecederas, al que cabe comparar, cambiando lo que deba ser cambiado, con Homero. Para Otramotro y servidora el anónimo autor fue un héroe, de los pies a la cabeza, mayor incluso que dos hijos del mito, los ínclitos Aquiles y Hércules, o el histórico Alejandro Magno. El verdadero héroe es un ser contradictorio, pues, antes de llevar a cabo sus proezas, se empeña (en el caso del anónimo autor, antes de empuñar la péñola) en conseguir lo que pretende, la heroicidad, pero sin que su nombre quede unido inexorablemente a ella. Pues no da el primer paso para alcanzar sus hazañas hasta que se cerciora de que, aunque las sucesivas generaciones de los hombres no dejen nunca de airearlas, cantarlas y contarlas, nadie predicará su nombre o mote ni podrá adjudicárselas.
El verdadero héroe, por tanto, no por tonto, es el que renuncia a serlo, antes de ser reputado un tal. Si tuviera que decantarme por dar algunos perfiles, diría que es el donante de sangre y de órganos (ella y él), el cooperante (hembra y varón), el misionero, el voluntario,… Es llamativa la definición que puso Otramotro en boca o sobre la firma de uno de sus heterónimos, Emilio González, “Metomentodo”, otrora, en el texto que rotuló “A Alfredo, que está en el Cielo”: “Tengo para mí que la voz ‘héroe’ le conviene (pues, amén de cuadrarle, o sea, venirle pintiparadamente, como alianza al anular, la merece y prestigia) a quien, estando dispuesto a dar lo mejor de sí mismo, no le preocupa en absoluto (quiero decir, que le es indiferente) que alguien/nadie divulgue su nombre o propale su proeza”.
Ángel y yo sentimos admiración y tenemos pasión por el autor anónimo desde nuestra adolescencia, cuando nuestros coetáneos o colegas se inclinaban por hacer más grandes a los ídolos del deporte o de la canción, del cine o de la tele,… que admiraban.
Ambos tenemos en la mesilla de noche, como fija lectura de cabecera, “El Lazarillo de Tormes”, entre otros libros. En muchas ocasiones, volvemos a leer lo que leímos cien veces o más, pero, de vez en cuando o de cuando en vez, se nos enciende la bombilla y leemos cosa distinta, algo que nos impele a escribir lo que sea, esto, lo que acaba de leer el atento y desocupado lector (ella o él), verbigracia.
Amanda, o sea, Iris Gili Gómez.
Ángel Sáez García