El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Me gustaría devenir en libro

ME GUSTARÍA DEVENIR EN LIBRO

¿MI MUNDO ES MI MÁS FIEL AUTORRETRATO?

LE ENCAJA ESE SUBTÍTULO A ESTE TEXTO

Aunque el desenlace que ha arrojado mi párvula encuesta es diáfano, pues a ninguno de los sujetos que conozco, me refiero a quienes durante las dos últimas jornadas han sido preguntados por servidor al respecto, le gustaría devenir en objeto, es decir, resultar, sentirse o ser cosificado, a mí, a veces, solo a veces, me gustaría metamorfosearme en libro, y de ahí que ideara y planteara la implícita interrogación de marras a las personas que tengo más cerca, las que me rodean, sin que yo me sienta el centro del universo, por supuesto.

Asimismo, me placería un montón, sobremanera, que me manosearan, y que, ayudándose de las yemas de sus dedos índice y/o corazón, humedecidos previamente en sus respectivas lenguas, pasaran, una tras otra, mis hojas; aunque también desearía, claro, que los extremos superiores de las páginas pares nadie los hubiera envenenado, como hizo o mandó hacer el venerable (cuánto recochineo lleva aparejado ese adjetivo, al ser usado mordazmente, de modo irónico) padre Jorge, una mera caricatura de un hacedor clásico, el ciego escritor argentino Jorge Luis Borges, el malévolo pelele de ojos blancos que se sacó de su fecundo magín Umberto Eco para incluirlo en su magnífica novela “El nombre de la rosa” (1980), al que tuvo los redaños de cambiarle solo las vocales de su primer apellido, ya que este pasó de Borges a Burgos, para que su modelo, convenientemente deformado, fuera fácilmente reconocible y reconocido.

Aún disfrutaría más, sin duda, si quienes me llevaran a sus ojos hicieran el esfuerzo suplementario de intentar entender e interpretar correctamente cuanto aparece escrito en mis páginas, negro sobre blanco, en letras de molde, o sea, si la lectura fuera comprensible y no quedara en agua de borrajas o cerrajas, esto es, en nada, sino que dejara poso con peso específico, que diera paso a la guita que dispuso que me pusiera piso.

Me gustaría ser un objeto que, mutatis mutandis, cursara con orgasmo final, es decir, que cumpliera el deseo de satisfacer un placer no sexual ni gastronómico-digerible, como zamparme una tableta de chocolate, verbigracia; y, sin que tuviera que intervenir otra persona física en ese proceso, me apetecería ser como un consolador o vibrador que, en lugar de tenerlo que meter por una rendija o agujero, coño o culo, entrara paulatinamente por los ojos o las yemas de los dedos de la mano (en el caso de los invidentes, tras leerlo en braille); y que el denuedo de pasar su vista por él llevara aparejado la oportuna recompensa del alucine o flipe con cada nueva pasada de página.

En el caso del dictador y reprobable Jorge, Eco optó por echar mano de la técnica dramática que había pergeñado y puesto en circulación con ducho estilo Ramón María del Valle-Inclán en su magnífica obra “Luces de bohemia” (1924), donde se lee que “los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento. El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada”.

Está claro, cristalino, que cada quien porta consigo mismo su canon, con el que se puede abundar o discrepar, concordar y discutir o disentir hasta el infinito. A mí me empezó a gustar Borges desde que me lo llevé a los ojos por primera vez, y no he dejado de pirrarme por él, aunque no le concedieran el prestigioso Premio Nobel de Literatura. Sus entusiastas lectores, entre los que me cuento y sumo, se lo hemos concedido dos o tres veces ya, si no han sido más. Y para coronar este texto de la mejor manera posible, recordaré de memoria las pocas líneas que componen el relato inolvidable con el que él remata su libro misceláneo “El hacedor” (1960):

“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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