A DIOS LE HAN ENCANTADO MIS RESPUESTAS
Esta tarde, durante el breve rato de siesta (ya sabe el atento, desocupado y habitual lector de las urdiduras de Otramotro, mientras me hallaba descansando plácidamente en los mullidos brazos de Hipnos o Morfeo, durmiendo a pierna suelta), que ha durado entre los doce y quince minutos acostumbrados, he soñado que había viajado en tren a no sé qué ciudad del sur peninsular (Córdoba, Sevilla, Málaga o Granada; no sabría decir, a ciencia cierta, a cuál) para presentar mi último libro, “Algaso”, mantener un debate con el público asistente al acto, convocado y publicitado convenientemente en los mass media por la editorial, y firmar ejemplares de dicha obra.
Durante el turno de preguntas, una señora, que frisaba los sesenta años, se ha levantado de su asiento, ha dicho su gracia de pila, Leocadia (debe ser el protocolo instaurado o procedimiento consolidado allí; y, nada más pronunciarla ella y escucharla yo, he caído en la cuenta de que ese, precisamente, era el nombre que habían escogido los bibliotecarios de la tudelana “Yanguas y Miranda”, Pilar, Teresa y Luis, para denominar a la mascota de la sala infantil que usaron para llevar a cabo cierta actividad cultural allí, que encajaba perfectamente, como alianza en el dedo anular, con su propósito de recomendar e inculcar en cada uno de los infantes que acudieran a dichas actividad y sala, acompañados de sus respectivos profesores o maestros, el hábito útil y dulce, provechoso y placentero, de leer, ya que el nombre seleccionado, Leocadia, podía descomponerse en esta oración contagiosa: Leo cada día), que he identificado con el personaje proverbial del Acto I de la “Comedia de Calisto y Melibea”, que, tras acabarla, en quince días de vacación, un milagro, sin duda, Fernando de Rojas, devino en “Tragicomedia de Calisto y Melibea”, Celestina, como ahora se conoce dicha obra, “La Celestina”, y me ha preguntado esto:
—Cuando empuña el azul BIC, ¿quién se siente?
Bueno, pues, me ha dado por contestarle esto, si no he olvidado alguna parte crucial de mi respuesta:
—Me siento, de veras, no exagero, el panteón grecorromano entero, completo. Y, si le parece una hipérbole lo anterior, seré, a continuación, más comedido. Me siento un semidiós. Y es entonces, solo en dicha tesitura, cuando colijo lo notorio, que puede que haya sido creado a imagen y semejanza de Dios y de la misma pasta, aunque, mutatis mutandis, en lugar de llevarme a las manos arcilla o barro para modelar o moldear, me llevo a la diestra el bolígrafo que va engarzando una palabra tras otra, tras otra, tras… a destajo, con sentido pleno. Y, si no le molesta mi franqueza, le añado que, cuando se ha puesto de pie y me ha formulado la cuestión, que me extiendo, como usted es testigo directo del hecho y constata, de manera fidedigna, en responder, me he sentido como usted, porque he visto en su prosopografía o retrato físico a la Celestina, de Rojas, que le confiesa a Pármeno esto: “que no sólo lo que veo (sic) oigo y conozco, mas aun lo intrínseco con los intelectuales ojos penetro”. Y, asimismo, un bululú o cuentacuentos, y un lector en público, por seguir con la misma obra inmortal del joven judío converso nacido en la Puebla de Montalbán, Toledo, si hacemos caso a lo que dejó escrito en letras de molde y versos endecasílabos Alonso de Proaza, corrector de la primera impresión en Salamanca, en 1500: “Si amas y quieres a mucha atención / leyendo a Calisto mover los oyentes, / cumple que sepas hablar entre dientes, / a veces con gozo, esperanza y pasión, / a veces airado, con gran turbación. / Finge, leyendo, mil artes y modos, / pregunta y responde por boca de todos, / llorando y riendo en tiempo y sazón”.
Luego se ha levantado un señor, de la misma edad, Eulogio, y me ha preguntado lo que no estaba dispuesto a responder, pero, como era el sosia/s de Jesús María, un ángel bondadoso, que me ha hecho varios favores y, de bien nacido es ser agradecido, me he inclinado por referir lo obvio, precipuo o principal, sin destripar la trama o hacer espóiler: algo de Ángel Sáez, mi nombre y primer apellido, cuyas letras iniciales cabe hallar entre algo, así: alg-as-o. Y, tras descomponer el nombre de la tranquila ciudad norteña, me he despertado, porque estaba sonando el móvil. Medio dormido, como no tenía metido dicho número de teléfono en el listado de mis contactos, he preguntado quién era y qué quería. Y he escuchado esto: Dios y darte la enhorabuena, porque me han encantado tus dos respuestas. Y me he vuelto a dormir como un bendito de Dios.
Ángel Sáez García