El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

No olvido aquellos dedos gordezuelos,…

NO OLVIDO AQUELLOS DEDOS GORDEZUELOS,

AMARILLENTOS, POR LA NICOTINA

A Jesús (aunque yo, al menos, lo empecé a llamar así, por su nombre de pila, o sea, a tutear, casi tres décadas después de haberlo conocido, cuando me apetecía ponerme en contacto telefónico con él, porque en el seminario menor navarretano, donde suelo ubicar mi particular cielo o peculiar edén en el planeta azul, la Tierra, era el padre Arteaga —y reconozco que fue fiel a su primer apellido, porque arte hacía, sin ninguna duda, con las calificaciones o notas, incluidas, por supuesto, las musicales, y los versos, octosílabos, sobre todo—) le encantaba la música; y, en el verano de 1974, cuando lo vi, escuché y traté, pues acudí al cursillo propedéutico, preparatorio, que, durante una docena o quincena de días del estío tenía lugar en la localidad riojana de Navarrete, donde los religiosos camilos regentaban el colegio allí radicado, además de ser el director del semillero de vocaciones, era profesor de solfeo y director del coro (y doy fe de que invertía un tiempo prudente en escoger a los miembros del mismo).

Mi difunto hermano José Javier formó parte del mismo; y, con la triste nueva del óbito de uno de sus progenitores (me decanto por su padre, Segundo, pero no estoy en disposición de asegurarlo), su colega y compañero de orden, Pedro María Piérola García, vino a Tudela, durante las vacaciones, para pedirles a mis padres poder llevarse a mi hermano para que cantara en la misa de funeral que se celebró en Ázqueta y luego traerlo (en esa oportunidad, conocí a Piérola, y tanto me llamó la atención su presencia y porte, que quise, en ese mismo momento, ser como él). Conjeturo que Jesús Arteaga Romero estaba tan agradecido a mi hermano por aquel gesto o gesta que nunca lo olvidó; y, en el primer lance o trance que se le presentó o tuvo, demostró que de bien nacido es ser agradecido. Recuerdo que, estando jugando servidor con dos compañeros más en Navarrete (teníamos entonces trece años), hicimos entre los tres un estropicio o salchucho, una trastada, nos vio y descargó su enojo, furia o ira en forma de sendas bofetadas (los religiosos no solían pegar, pero mis compañeros dieron por aleccionadores y bienvenidos los tortazos) sobre las respectivas caras de mis compañeros lúdicos, porque yo me libré de recibirla. Hoy tengo clara la razón. Como cabe ver y le ocurrió al cabo que mandaba la cuerda de presos que iban destinados a las galeras de Tiro, en la película “Ben-Hur” (1959), de William Wyler, me refiero, en concreto, a la imagen en la que, supuestamente, Jesús de Nazaret, de espaldas, le da de beber agua a un sediento Judá, el protagonista, no osó usar el látigo ni poner la mano encima. Acaso pensó Arteaga que era como ponerla sobre mi hermano.

Salvo que el alzhéimer haga conmigo de las suyas, no creo que olvide jamás sus dedos gordezuelos, amarillentos, por la nicotina (fumaba entonces, durante la hora escasa que se prolongaban las clases lectivas, una media de tres cigarrillos de la marca Celtas, sin boquilla, y aún recuerdo un gesto asiduo suyo, cómo se retiraba con la inestimable ayuda de la yema del dedo corazón de su mano izquierda una pequeña hebra de tabaco que se le había quedado pegada en el labio inferior). Si hago memoria, remembro, asimismo, en apenas un santiamén, cómo, tras concluir el examen de física o latín que nos había hecho, sencillísimos, durante el cursillo, y sonar el timbre que daba inicio al recreo matutino, alrededor de su mesa, nos arracimábamos varios candidatos, discentes o postulantes para ver cómo corregía, raudo, como el mismo rayo, en un pispás, los ejercicios que acabábamos de realizar y firmar. “Quien ha aprendido a aplicar la regla de tres, simple o compuesta, corona las operaciones matemáticas en un momento; quien no, no sabrá qué hacer con esos valores, aunque le des un día entero para ello”. Le escuchamos decir. Y “quien sabe lo que tiene que hacer resuelve el problema en un instante, sin dudarlo” fue otra de sus iteradas sentencias. A la semana justa, ya nos había catalogado a todos los de mi grupo, los que íbamos a estudiar allí Sexto curso de la extinta Educación General Básica, EGB; y, así, antes de ponerse a su labor correctora (si había algo que enmendar, claro), nada más ver el nombre y los apellidos del alumno, gustaba pronosticar qué nota iba a sacar. Que yo recuerde, no marró en ninguno de los casos a los que asistí como testigo presencial, directo. Muchos lo tomamos como adivino, augur, pero él se limitaba a tener en cuenta los antecedentes y a deducir con lógica lo oportuno o pertinente.

Tampoco he olvidado su mirada. Hay quien tiene la capacidad de decir con el brillo especial que emiten sus ojos, si estos resultan expresivos, cuanto puede ser duro de oír por el amonestado. Dos personas he conocido con dicha habilidad, Arteaga y mi padre, Eusebio. Y los dos contribuyeron a formar parte de mi personaje literario más estimado, fray Ejemplo.

Arteaga se ganó entre nosotros, sus discípulos, el respeto y fama de estricto o riguroso. Que yo recuerde, solo me corrigió una falta de ortografía, pliegue (me olvidé incluir la u entre la ge y la e; porque escribí “pliege”) en un examen.

Lo admiré (admiro y admiraré mientras viva), incluso el día que para mí fue injusto con el trabajo realizado por su gran amigo, al despreciar y hasta ningunear las reglas de ortografía, no canónicas, pergeñadas por Piérola, que a mí siempre me han servido o sido útiles. Y siempre le tuve (tengo y tendré) cariño, a pesar de las discrepancias, evidentes, entre nosotros. Y es que, como dejó escrito, negro sobre blanco, en la introducción a su obra “Ecce Homo”, Friedrich Nietzsche, “recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”.

A ver cuándo se da la ocasión propicia y, en la grata compañía de Pío Fraguas y su esposa Diana, podemos acudir a ver su tumba, y rezar, de consuno o por separado, un padrenuestro con el máximo fervor del que sea capaz de hacerlo este ateo.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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