¡QUÉ POTENCIA DEL ALMA ES LA MEMORIA!
A mi sobrino Adrián, porque hoy, miércoles 14 de octubre de 2026, cumple años; así pues, con cariño a espuertas, le mando, amén de los renglones torcidos que contiene la siguiente pieza literaria, mis ¡muchas felicidades!
Estoy plenamente convencido de que algunas personas nacieron y llegaron a tu vida con un propósito oculto, secreto, hasta que alguien, acaso tú, acertaste a quitarle el precinto o el papel de regalo que lo envolvía y, por fin, este quedó al descubierto, de cambiarte la vida. Bueno, pues, me consta, de manera fehaciente, que Cristina (si Calisto, al inicio de “La Celestina”, de Fernando de Rojas, se confiesa melibeo, yo reconozco, sin requilorios, que fui cristino), nombre de la primera joven a la que besé en sus labios superiores, horizontales (desde el curso 80-81, año en el que ocurrió cuanto cuento, los modos han mudado una barbaridad, y ahora uno pasa de besar los de arriba a los de abajo, verticales, en un santiamén, en menos que canta un gallo), lo hizo con la pretensión de que, llegada la primera bifurcación del camino, este menda optara por un sendero, dejando atrás, el otro, el previsto, que quedó, por tanto, descartado. Esto acaeció antes de que me llevara a los ojos el famoso relato titulado “El jardín de senderos que se bifurcan”, de Jorge Luis Borges, una metáfora plausible de la vida.
Otro tanto cabe decir de algunos objetos que ciertas personas contribuyeron, de manera decisiva y definitiva, a crear; me refiero, por supuesto, a los libros, en concreto, a aquellos que favorecieron que tú fueras más libre. Algunas novelas, algunas colecciones de cuentos, algunos ensayos, algunos poemarios, han venido a hacer tres cuartas partes de lo propio, a cambiarte la vida, porque, tras coronar las lecturas de los tales, tú ya no eras el que fuiste; me explico: sigues llamándote igual, pero, reconocerás, sin ambages, y abundarás, además de con otros, conmigo, que eras otro, distinto. Cuanto leíste en ellos hizo mella en ti, te dejó marca o muesca, vino a enriquecer las líneas de la palma de tu mano izquierda y, en la misma medida y proporción, las de tu cara; y tus puntos de vista, tus argumentos, tu escala de valores (al variar su orden de prelación), tu ideario, y, por concluir, todo eso vino, como lógico corolario, a cambiarte a ti.
Si el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) ha llegado hasta aquí, mientras sus ojos pasaban por los renglones que contienen los dos primeros párrafos de este texto, seguramente, conforme iba leyendo iba pensando y eligiendo los títulos apropiados que yo le he escamoteado para no influirle en su decisión, que le ha correspondido tomar exclusivamente a él, que ha escogido con libertad, según su propio criterio, conformando su pequeña biblioteca selecta.
Cuando ha terminado, quizá ha proferido el rótulo que encabeza este escrito: ¡Qué potencia del alma es la memoria! Y tal vez ha llegado a trenzar en su cuaderno de notas esto: En los tiempos actuales, que parece que vuelan, que nos ha tocado en suerte vivir, cuando transita por doquier tanto “pedabobo” suelto (me refiero, en concreto, al que no se cansa de desprestigiar, denigrar y degollar, se halle donde se halle, la memoria con su afilada guadaña), qué bien le vendría leer este testimonio, que, si hubiera acudido al convento de Algaso a pedir consejo, y hubiera preguntado si estaba allí fray Ejemplo, en el caso de que anduviera sin tarea que coronar, y el asunto o tema a tratar le hubiera intrigado, este, seguramente, si fuera el de la memoria, le hubiera propuesto como modelo, espejo o ejemplo.
Cuando llegó al campo de concentración y de exterminio de Auschwitz, a Primo Levi le despojaron de todas sus pertenencias materiales: ropa, libros, comida, pelo…; lo único que los nazis no pudieron arrebatarle fueron sus recuerdos y cuanto había aprendido de memoria, lo inmaterial. Y así, por las noches, echaba mano de su excelente memoria para recitarles a sus compañeros el Canto XXVI del Infierno, más conocido por el “Canto de Ulises” (Ulises, rey de Ítaca, abandona por segunda vez a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco porque, tras veinte años de viajes, que narra Homero en la “Odisea”, esas dos décadas no habían satisfecho sus ansias de mundano conocimiento; el viaje postrero de Ulises al hemisferio sur es juzgado desde un prisma cristiano: así como se condena la desproporción y la avaricia, también se reprueba el desmesurado afán de conocimiento), de la “Divina Comedia”, de Dante Alighieri, y aquel rato era un potente portento, aun siendo diminuto, pues significaba un rayo de luz celestial que borraba, durante esos minutos, la realidad, el infierno de aquel campo de concentración y exterminio alemán en el suelo polaco de Auschwitz. Esto lo cuenta Primo Levi en su testimonial “Si esto es un hombre”.
Ángel Sáez García