Tariq Ramadan fue durante años la figura ideal para cierto imaginario europeo. Suizo de origen egipcio, culto, elocuente y, detalle esencial, nieto de Hassan al-Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes.
Un perfil perfecto para presentar un islam pulido y compatible con Occidente. En platós y auditorios ofrecía una versión ejemplar donde islam, democracia, derechos e integración encajaban sin fricción.
Sin embargo, cuando se preguntaba directamente por la sharía, el papel de la mujer o los castigos, aparecía una ambigüedad muy bien calculada.
En 2003, en un debate en la televisión francesa, le preguntaron por la lapidación como castigo en algunos países. Tuvo la ocasión perfecta para decir que era inaceptable pero no lo hizo. Propuso una «moratoria». Es decir, parar un momento y debatir si apedrear a alguien hasta matarlo era o no una buena idea.
Ese era el nivel.
Muchos pusieron el grito en el cielo y recibieron la etiqueta de islamófobos, la palabra creada para cerrar cualquier crítica al islam.
Ese mecanismo de doble discurso (soft para los occidentales, duro con el resto) le sostuvo durante años en el centro con invitaciones constantes a conferencias, platós y el papel del musulmán compatible.
Parte del mundo académico y mediático encontró en él una figura útil, una forma de tranquilizarse con la idea de que el islam de los Hermanos Musulmanes podía adaptarse sin demasiados problemas.
En 2017 llega el giro. Varias mujeres lo acusan de violación y agresión sexual. El esquema se repite. Contacto desde la admiración hacia una figura pública con poder, encuentros en privado y, finalmente, agresiones y violaciones.
Inmediatamente después empiezan las llamadas, las intimidaciones y las amenazas. Algunas victimas no pudieron sostenerlo y abandonaron. Otras aguantaron años de presión, ataques, amenazas de muerte y exposición hasta llevar el caso hasta el final.
Paralelamente, periodistas de investigación que llevaban tiempo señalando incoherencias y zonas oscuras mantuvieron su trabajo pese a ataques y descalificaciones. Con el tiempo, los hechos han terminado alineándose con esas advertencias. Y en la extrema izquierda francesa, el sector más devoto de Ramadan, mutismo selectivo, incluso ahora que no queda nada que disimular.
En Suiza, en mayo de 2023, fue condenado por violación y coacción sexual a tres años de prisión, con uno de cumplimiento efectivo.
En Francia, ayer, 25 de marzo de 2026, ha sido condenado a 18 años de prisión por la violación de tres mujeres en hechos ocurridos entre 2009 y 2016. Otras denuncias quedaron fuera del proceso o no llegaron a término tras años de presión y desgaste sobre las denunciantes.
Durante años se sostuvo una figura que respondía a una necesidad cultural y política muy concreta. Ese encaje favoreció la indulgencia, la minimización de señales espinosas y la descalificación sistemática de quienes advertían problemas.
La condena es importante porque Ramadan encarnaba ese islam político presentable y suavizado que muchos querían ver.
El caso es que la realidad ha seguido otro camino. Ese proyecto de adaptación se apoyaba en una ilusión. El islam político de los Hermanos Musulmanes mantiene su propia lógica, su marco y sus objetivos. Y, desde luego, no se adapta a nada que no sea su programa.
Aquí no cae solo un hombre. Se desarma un montaje entero. Durante años se compró una versión amable y adaptable al entorno europeo.
Este caso abre ese envoltorio por la vía más brutal. Un asunto de violaciones y abuso de poder deja al descubierto la distancia entre el discurso pulido y lo que había detrás.
Lo que queda ahora resulta mucho más difícil de blanquear. Y la pregunta es evidente. Y ahora qué? Hacemos como si fuera anecdótico o analizamos seriamente lo que tenemos delante?.
Marie Bensimon